AMO MILANO - Loredana Vitale
Loredana Vitale reflexiona sobre los disturbios en Milán: el amor por su ciudad, la violencia juvenil, la educación y la integración en la Europa de hoy.
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AMO MILANO

Loredana Vitale contemplando la Piazza del Duomo de Milán durante el Fuorisalone.

Hace unos meses disfrutaba de uno de mis viajes favoritos a Milán durante el Fuorisalone. Parece casi premonitorio verme en esta fotografía, pensativa, contemplando la Piazza del Duomo, escenario este fin de semana de unos violentos disturbios.

El sábado 17 de octubre, una manifestación contra el carovita derivó en enfrentamientos en la plaza. Al día siguiente, domingo, cientos de jóvenes, muchos de ellos menores y con el rostro cubierto, volvieron al centro para saquear comercios y destrozar escaparates entre el Duomo, via Torino y el Castello.

Hay algo profundamente desolador en el contraste entre ambos momentos. En uno, la belleza de la ciudad, la vida cotidiana, las personas paseando tranquilamente. En el otro, los saqueos, los destrozos, la violencia y el miedo.

Es la misma plaza que he atravesado miles de veces, que conozco tan bien y que forma parte de mis recuerdos, de mis paseos y de mis regresos a una ciudad que siempre será mi casa.

Amo Milán. Mentiría si lo negara. Es la ciudad que me ha visto crecer, en la que he vivido buena parte de mi juventud y a la que me unen mi familia, mis afectos, mis recuerdos y tantas experiencias.

Mi familia llegó a Milán por el trabajo de mi padre cuando yo era una niña, y allí encontramos nuestro hogar.

Milán es bellísima. Una ciudad magnífica, llena de arte, cultura, historia, talento y oportunidades. Una ciudad laboriosa, dinámica y acogedora, que ha sabido hacerse grande gracias al esfuerzo de generaciones de personas trabajadoras, al espíritu emprendedor de su gente y a la visión de algunas de las mentes más brillantes del mundo empresarial, cultural y creativo. Los milaneses son discretos, no excesivamente efusivos, pero cuando entras en su corazón, es para siempre.

Me emociona pensar que también mi padre, que ayer habría cumplido 88 años, contribuyó con su trabajo de directivo de empresa a construir esa Milán. Como lo han hecho tantas personas, entre ellas yo misma, que hemos aportado nuestro esfuerzo a lo que hoy representa esta ciudad.

Por eso me produce una profunda tristeza, rabia e impotencia contemplar lo ocurrido. El corazón de Milán convertido en escenario de violentos enfrentamientos, comercios asaltados, escaparates destrozados y personas heridas. Imágenes más propias de una zona de guerra que de una de las plazas más emblemáticas de Europa. Pero lo que más me indigna es el absoluto desprecio por las personas, por sus necesidades, por sus negocios, por sus sacrificios. Detrás de cada escaparate destrozado hay empresarios que han invertido su patrimonio, comerciantes que llevan años trabajando, empleados y familias que dependen de esos ingresos.

¿Con qué derecho alguien puede someter a una ciudad entera a semejante situación?

¿Y qué decir de quienes simplemente estaban paseando un domingo por el centro de Milán? Familias, niños, personas mayores, turistas o trabajadores.

Porque Milán nunca duerme, ni siquiera un domingo.

El derecho a manifestarse es incuestionable, pero manifestarse no significa destrozar. Reivindicar derechos no concede el derecho a vulnerar los ajenos. Ninguna causa, por legítima que sea, justifica los saqueos, las agresiones o la destrucción.

Además, es importante y conveniente distinguir entre quienes protestan pacíficamente y quienes aprovechan esas circunstancias para delinquir.

Hay algo especialmente irritante en esa prepotencia, arrogancia y profunda ignorancia de quien parece considerar que sus frustraciones le conceden algún derecho sobre el trabajo y los bienes de los demás. Una ciudad, sus monumentos, sus establecimientos y sus servicios públicos no aparecen por generación espontánea. Son el resultado de un esfuerzo colectivo, de inversiones, de trabajo y de recursos que pertenecen al conjunto de la sociedad.

Destruir en unos minutos lo que otros han tardado años en construir no es ninguna demostración de valentía ni de rebeldía. Es incivismo.

Lo sucedido en Milán, como otros episodios de violencia que hemos visto en ciudades europeas, me lleva a una reflexión que va mucho más allá de unos disturbios.

¿Qué está ocurriendo en nuestra sociedad?

Me resulta especialmente sobrecogedora la juventud de muchos de los protagonistas. Niños y adolescentes, algunos de apenas doce o trece años, participando en saqueos, destrozando establecimientos, robando y siguiendo a grupos violentos.

Me pregunto, antes que nada, ¿dónde están sus padres? ¿Qué educación están recibiendo? ¿Quién les enseña, con el ejemplo, el respeto por los demás, el valor del trabajo, la honestidad y la responsabilidad individual y colectiva?

He visto en redes sociales la imagen de un niño de unos doce años que, con una máscara de Spiderman, decía que protestaba contra un Estado que no los ve. No sé hasta qué punto esas palabras reflejan una convicción propia o simplemente repiten discursos escuchados a su alrededor. Pero me resulta profundamente sorprendente que quiera ser visto «sin ver a los demás». Es, cuanto menos, irónico.

¿Qué sabe realmente un niño de doce años sobre el Estado? ¿Quiénes son sus referentes? ¿Qué personas admira y qué mensajes recibe?

No puedo evitar recordar mi infancia. Tenía once años cuando Italia ganó el Mundial de fútbol de 1982. Recuerdo a Cabrini, Paolo Rossi, Zoff, Tardelli… y aquella extraordinaria alegría colectiva que inundó nuestras calles, muy diferente a la invasión de estos dos días. Sin ser futbolera, aquello formaba parte de un sentimiento compartido. Yo tampoco entendía entonces la complejidad del Estado italiano, pero sí comprendía perfectamente el sentimiento de pertenencia. El orgullo de ser italiana y de compartir algo maravilloso con millones de personas.

También mi generación se manifestó, como tantas otras, por diferentes reivindicaciones. Pero protestar o manifestarse y destruir son cosas muy distintas.

Hoy me inquieta la falta de referentes que parecen tener algunos jóvenes, la influencia de determinados discursos y contenidos digitales, la búsqueda constante de protagonismo y esa aparente normalización de comportamientos que deberían provocar un rechazo inmediato.

Y, sobre todo, me inquieta la responsabilidad de los adultos.

La influencia del grupo puede explicar algunas conductas, pero no elimina la responsabilidad individual, de las familias y de la sociedad.

Educar también significa establecer límites, enseñar a aceptar un no y comprender que nuestros actos afectan a otras personas. La libertad no consiste en hacer lo que nos apetece.

Personalmente, son muy pocas las ocasiones en las que me pronuncio sobre política o conflictos sociales. Entre otras razones, porque he comprobado la poca tolerancia que existe hacia quienes piensan de manera diferente. Pero lo acontecido clama al cielo.

Me preocupa profundamente esa pérdida de respeto, porque la convivencia comienza precisamente por reconocer que los demás tienen los mismos derechos que nosotros.

Y esto me lleva a otra cuestión que considero importante abordar: la integración cultural.

No lo digo solo yo. El propio alcalde de Milán, Giuseppe Sala, reconocía desde la plaza que estos hechos han puesto de manifiesto un problema importante de integración. Solo el domingo, 271 personas fueron llevadas a la questura, 220 de ellas menores, y hubo 32 arrestos, 13 de ellos de ciudadanos extranjeros.

Aquí me permito hablar desde mi propia experiencia, aunque algunos dirán que no hay tanta diferencia entre España e Italia.

Soy italiana y llevo muchos años viviendo en España. Cuando llegué, entendí que formar parte de otro país significaba conocer perfectamente su lengua, sus costumbres, su cultura, respetar sus instituciones y participar activamente en su sociedad. Aportar al bien común.

Lo hice sin renunciar jamás a mis raíces.

Sigo siendo profundamente italiana, amo mi cultura, mi lengua, mi historia y mis tradiciones. Pero también he hecho mías muchas de las españolas, he compartido lo que soy y me he enriquecido con lo que he encontrado aquí.

Me parece un intercambio humano y cultural maravilloso.

Porque integrarse no significa renunciar a la propia identidad, sino aprender a convivir, aportando lo nuestro y respetando lo que encontramos.

La convivencia exige reciprocidad y debe basarse en el respeto mutuo, pero también en un marco de principios y derechos fundamentales que no pueden ponerse en cuestión en nombre de ninguna ideología, tradición, origen o cultura.

La igualdad entre mujeres y hombres, la libertad de pensamiento, la dignidad humana, la protección de los menores y la igualdad ante la ley forman parte de conquistas democráticas que debemos preservar. Ninguna costumbre, propia o ajena, puede situarse por encima de esos derechos.

Europa tiene un patrimonio histórico, artístico, cultural y humanista extraordinario. Un legado construido durante siglos, también gracias al intercambio entre culturas, que merece ser respetado y protegido. El aumento de la diversidad puede enriquecernos enormemente, pero no podemos confundir la apertura cultural con la renuncia a nuestra identidad, ni la tolerancia con la aceptación de comportamientos que vulneren nuestras leyes, costumbres o derechos.

Las responsabilidades individuales deben exigirse a todos por igual, con independencia del origen o la nacionalidad.

Lo mismo ocurre con nuestras instituciones, que tienen la obligación de garantizar la seguridad, proteger el patrimonio y hacer cumplir las leyes. No basta con condenar los hechos una vez que se han producido.

Finalmente, tenemos que recordar que hay una inmensa mayoría de ciudadanos que trabaja, cumple sus obligaciones, respeta las normas y contribuye al sostenimiento de la sociedad. No debemos resignarnos a que quienes respetan las normas tengan que soportar las consecuencias de quienes deciden ignorarlas.

Sé que esto resultará categórico en una sociedad de la falsa tolerancia y del buenismo. Lo es. Y creo que basta ya. Los acontecimientos que estamos viviendo en Europa exigen una profunda reflexión y acciones inmediatas.

Hay que poner freno a esta violencia. Salvaguardar nuestra cultura. Nos está fagocitando una manera de estar en el mundo: la impunidad, la intimidación, el desprecio por lo ajeno. El sinsentido se ha instalado en nuestras vidas. La violencia, la agresividad y la falta de tolerancia son el pan de cada día. No se trata de idealizar el pasado ni de rechazar los cambios o la integración. Se trata de preguntarnos qué sociedad estamos construyendo y qué queremos dejar a nuestros hijos.

Dicho esto…

Milán seguirá siendo una ciudad magnífica. Espero que pronto se apacigüen los ánimos y vuelva a ser la ciudad de la laboriosidad, del diseño y de la creatividad, a pesar de unos pocos que la han herido, maltratado y usurpado este fin de semana.

Lo mismo deseo para Europa, con su extraordinario patrimonio cultural y artístico.

Italia, Francia y el resto de Europa son nuestra herencia, nuestra identidad. Tenemos la responsabilidad de conservarlos y defenderlos.

W Milano. W l’Italia. W l’Europa.

🇮🇹 Sigue e enlace para leer el artículo en italiano: 👉🏻 AMO MILANO

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